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EL JUEGO, FORMA DE COMBATIR EL MIEDO A LA OSCURIDAD

niños miedo a la scuridadSantiago tiene 4 años. Sufre de pesadillas y le tiene mucho miedo a la oscuridad. No puede permanecer con la luz apagada ni cinco minutos, y la enciende cada vez que su papá o mamá salen de la habitación.Los papás creen que el comportamiento del pequeño es fruto de la indisciplina, hasta que llega un día en que entienden que la penumbra le causa temor.

 

Un día al papá de Santiago se le ocurre comprar una pelota de caucho transparente, con luces de colores en su interior, y jugar con él a encontrarla y rebotarla contra las paredes, en medio de su habitación oscura. Ese día, Santiago logra permanecer mucho más tiempo solo en su cuarto jugando con la “pelota mágica”, y ese fue el comienzo para superar su temor.

Muchos expertos coinciden en considerar al juego como un elemento motivador para que la fobia a la penumbra desaparezca. Un estudio realizado por Xavier Méndez y Mireia Orgilés, investigadores de la Universidad de Murcia (España) y José P. Espada, de la Universidad Miguel Hernández, de Alicante (España), indica que “al desarrollarse la terapia en un ambiente lúdico, se minimiza la naturaleza aversiva de la oscuridad para el niño, puesto que las emociones positivas suscitadas por el juego, compiten con su temor cuando se enfrenta a la oscuridad”.

Para el especialista en Psicología Clínica Xavier Méndez, el juego es una estrategia muy indicada para los niños, pero hay que aclarar que la clave para superar los miedos es afrontándolos, y la lúdica es el elemento motivacional. Usando palabras del especialista “la solución es como un jarabe amargo y el juego lo que hace es dulcificar la medicina. Al final, estar en la oscuridad es lo que quita el miedo”

El temor a la oscuridad es algo normal, que aparece alrededor de los tres años y está asociado al desarrollo cognitivo del niño, cuando es capaz de pensar e imaginar cosas. Es decir, cuando “ve moverse las cortinas, cree que hay seres fantásticos detrás preparados para hacerle algo”, explican los expertos.

Otra causa radica en asociaciones que se establecen. Por ejemplo, las pesadillas, que son comunes a esta edad. De esta manera, el menor asocia la oscuridad a estos sueños indeseados, o a las historias y películas de miedo. Las experiencias negativas también hacen que la oscuridad se asocie a lo malo, y la luz del día a lo bueno. Incluso muchos padres pueden transmitir ese miedo.

La típica escena de los padres cuando el niño llora a medianoche y pide que le enciendan la luz, es acercarse y prenderla, abrazarlo y, en ocasiones, llevarlo a la cama para que duerma con los papás. Esta secuencia es negativa e inadecuada, ya que se está reforzando la conducta de inseguridad. Cuando el niño busca luz, la compañía, la puerta abierta, se siente tranquilo solo por un momento, pero va a mantener su miedo. Lo más aconsejable es acompañar al pequeño después del suceso y explicarle que debe dormir en su habitación solo. La guía de los padres es indispensable.

A modo de comparación, si uno va en un avión y atraviesa una zona de turbulencias ¿qué da más tranquilidad? ¿que los auxiliares de vuelo sigan con sus labores o que dejen de hacerlo todo para calmarlo e informarlo? Sin duda, la primera, lo mejor es actuar con normalidad y naturalidad, para de esta forma transmitir esa calma al niño.

Para minimizar el temor, es aconsejable usar una luz tenue, contarle un cuento o darle linternas que él pueda manejar. Debe ser un proceso progresivo, es decir, deben ir retirándole las ayudas. Por ejemplo, primero dejar la puerta entreabierta e irla cerrando paulatinamente. Y es importante, durante todo este proceso, incluir juegos para que el niño se vaya acostumbrando al espacio y a las condiciones de luz. Por ejemplo:
La gallina ciega: el adulto le venda los ojos, mientras el niño lo busca; luego intercambian los papeles.
Sombras chinas; apagar la luz y hacer sombras con las manos o los objetos a través del reflejo de una linterna.
Adivinar animales: el adulto sale de la habitación y el niño debe adivinar qué sonido de animal está imitando el adulto.
Buscar un tesoro en la oscuridad: esconder un objeto para que el adulto o el niño lo encuentren en la oscuridad.
Todos estos juegos persiguen la finalidad de que el pequeño permanezca solo en la habitación oscura el mayor tiempo posible.

Es muy importante que los papás hablen con todas las personas implicadas en el cuidado del niño para que no se utilice el miedo o los personajes negativos como una manera de que el niño obedezca. Si ésto se hace, estaremos fomentando que cuando el pequeño quede solo en su habitación, todos esos personajes o mitos le van a venir a su mente y lógicamente, va a aumentar el temor a quedar sólo y en penumbra en su habitación. Es necesario usar otras estrategias para que el niño obedezca cuando se le está solicitando que realice algo, como almorzar, descansar, recoger sus juguetes,... Si le decimos al niño que si no se duerme, va a venir “el coco” y se lo va a llevar, les aseguramos que cuando el niño se encuentre solo en su habitación para dormir, “el coco” va a estar presente en el pensamiento del niño y le va a causar temores y miedos infundados.

También es importante que, como mínimo una hora antes de que el niño se acueste, en caso de permitirle ver televisión, no dejarle ver programas que contengan cualquier tipo de agresividad, programas para adultos como novelas o “realities”, ni programas en los que aparezcan personajes negativos, pues esto altera el estado de nerviosismo del niño, provocándole alteraciones que le van a afectar en su tranquilidad antes de dormir. Desde el Jardín recomendamos acompañar ese tiempo previo al descanso con lecturas de cuentos de los papás, juegos relajados y conversaciones tranquilas en el contexto familiar.

Por último, el miedo a la oscuridad debe desaparecer con la ayuda del juego. Si no es así, hay que evaluar la consistencia de los padres y las repercusiones negativas de este temor. Muchas veces la estrategia del juego no funciona porque los papás son inconsistentes, es decir, hay un adulto que se pone muy estricto y, de un momento a otro, no se queda en la cama del niño pero, al otro día, cede. Esta inconsistencia en la norma hace que el niño genere más miedo porque no tiene claro cómo manejarlo.